Por Juan Pablo Ojeda
La presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que la invitación al Mundial de Futbol 2026 fue enviada a todos los países con los que México mantiene relaciones diplomáticas, en lo que representa una estrategia de política exterior que utiliza el evento deportivo como plataforma internacional.
Durante su conferencia, la mandataria explicó que la convocatoria no fue selectiva. Es decir, no se trató de una invitación dirigida exclusivamente a un jefe de Estado en particular, sino de un ejercicio amplio encabezado por el equipo organizador, donde participaron figuras como Gabriela Cuevas. Bajo esta lógica, la inclusión del rey Felipe VI forma parte de un protocolo general y no de una acción aislada.
Sin embargo, el contexto político le da un peso distinto. La relación entre México y España ha atravesado tensiones desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, cuando se solicitó una disculpa formal por los abusos durante la Conquista, petición que no fue atendida. Desde entonces, el vínculo bilateral se mantuvo en un terreno incómodo, sin ruptura, pero con distancia.
En ese escenario, el Mundial aparece como una herramienta diplomática. Más allá del futbol, se convierte en un espacio para reconstruir puentes sin necesidad de modificar públicamente las posturas históricas. Es una forma de acercamiento indirecto: invitar, dialogar en el contexto del evento y abrir la puerta a encuentros futuros.
Además, Sheinbaum no descartó asistir a la Cumbre Iberoamericana de 2026 en Madrid, lo que podría consolidar un proceso gradual de normalización en la relación bilateral. En política internacional, estos movimientos suelen construirse paso a paso, comenzando con gestos institucionales como este.
El fondo del mensaje es claro: México busca proyectarse como un país abierto al mundo, utilizando el Mundial 2026 no solo como evento deportivo, sino como instrumento de diplomacia y reposicionamiento global.
