Ciclovía “La Gran Tenochtitlán” en Tlalpan: ¿avance en movilidad o foco de conflicto social?

La reciente inauguración de la ciclovía “La Gran Tenochtitlán”, sobre Calzada de Tlalpan, ha generado un intenso debate en redes sociales y entre habitantes de la capital: mientras autoridades y usuarios celebran su impulso a la movilidad sustentable rumbo al Mundial 2026, sectores vecinales y económicos advierten problemas de seguridad vial, afectaciones laborales y un posible rediseño urbano excluyente.

En su arranque, miles de personas —entre ciclistas, patinadores y peatones— utilizaron el nuevo carril confinado, destacando su utilidad para traslados cotidianos y actividades recreativas. De acuerdo con la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México (SEMOVI), este tipo de infraestructura forma parte de una estrategia integral para reducir emisiones, fomentar el uso de transporte no motorizado y mejorar la conectividad en corredores clave de la ciudad.

Autoridades capitalinas han señalado que la ciclovía responde también a compromisos internacionales de sustentabilidad y a la necesidad de ofrecer alternativas de movilidad ante eventos de gran escala como la Copa Mundial de la FIFA 2026. En ese contexto, la obra se presenta como un proyecto permanente que busca transformar la Calzada de Tlalpan en un eje multimodal.

Sin embargo, las críticas se han concentrado en la seguridad de los cruces vehiculares. Usuarios y especialistas han advertido riesgos en intersecciones de alta carga como Viaducto y Churubusco, donde la convivencia entre automovilistas, transporte público y ciclistas aún carece de señalización suficiente o medidas de control efectivas. La propia SEMOVI ha reconocido que algunos puntos serán sujetos a ajustes operativos conforme avance la implementación.

Otro de los principales cuestionamientos se refiere al impacto vial. Durante su construcción, automovilistas reportaron congestionamientos severos, situación que algunos atribuyen a la reducción de carriles para vehículos particulares. Aunque la autoridad sostiene que la redistribución del espacio público es necesaria para priorizar modos de transporte más eficientes, críticos consideran que no se acompañó de mejoras paralelas en sistemas como el Sistema de Transporte Colectivo Metro, cuya saturación y fallas continúan siendo un problema estructural.

A nivel social, la ciclovía también ha provocado inconformidad entre vecinos, comerciantes y trabajadoras sexuales de la zona, quienes han denunciado afectaciones directas a sus actividades económicas. Algunas protestas han señalado procesos de desplazamiento y lo que califican como “limpieza social”, al considerar que la intervención urbana prioriza una imagen internacional de la ciudad sobre las dinámicas locales existentes.

Organizaciones civiles han pedido a las autoridades abrir mesas de diálogo para evaluar impactos y garantizar que la infraestructura sea incluyente. En tanto, expertos en movilidad han subrayado que el éxito de proyectos de este tipo depende no solo de su construcción, sino de su mantenimiento, seguridad integral y aceptación social.

En este escenario, la ciclovía “La Gran Tenochtitlán” se posiciona como un símbolo de la transformación urbana en la Ciudad de México: una apuesta por la movilidad sustentable que, al mismo tiempo, expone tensiones entre desarrollo, seguridad vial y justicia social. Su consolidación dependerá de la capacidad institucional para atender las críticas y ajustar el proyecto a las necesidades de todos los sectores involucrados.

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